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| Caracas, lunes 17 de marzo, 1997 | |||||||||||
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Catia dijo adiós al retén El horror se convirtió en polvo
Hercilia Garnica El Universal Caracas.- Un estruendo desgarrador, vaciado desde las propias entrañas del retén de Catia, anticipó por milésimas de segundos la pulverización de la infernal estructura que por treinta años avergonzó al sistema penitenciario venezolano. Fue un grito visceral, intenso, demoledor, el que lanzó el edificio antes de desplomarse, en sólo dos segundos, frente a la mirada atónita, sorprendida y horrorizada de las casi cincuenta mil personas que acudieron a su explosiva muerte. Tres toques de sirena pusieron los sentidos alerta. Al término de la tercera alarma, el presidente de la República, Rafael Caldera, accionó el botón del minúsculo detonador y un espacio brevísimo de mutismo inundó la atmósfera. De pronto, antes de que el cerebro pudiera procesar la imagen, antes de poder espabilar o tragar el asombro revuelto entre el estómago y el corazón, se vino abajo el retén, succionado por la explosión y el sufrimiento represado en las paredes. Hay quienes aseguran que las miserias, los llantos y las torturas adheridas en las columnas, regadas por los pisos, gravitando como sombras en el edificio, provocaron una mezcla letal que ayudó a detonar los 110 kilos de explosivos que se colocaron en las dos mil 500 perforaciones que abrieron los técnicos de la Compañía Anónima Venezolana de Industrias Militares. A las doce y 53 minutos de la tarde los seis mil metros cuadrados de construcción del retén de Catia ya estaban convertidos en tres mil quinientos metros cúbicos de escombros y sobre esa montaña de concreto y desechos se levantó una asfixiante y densa nube de polvo color ladrillo, que se elevó furiosa hasta casi dos veces el tamaño del edificio. Se diluyó lentamente, y sin advertirlo todos aspiramos un poquito la vergüenza y el horror que el aire y el agua lanzada por los Bomberos del Distrito Federal ayudaron a disipar por los alrededores de Catia. Desvanecido ese gran hongo de tierra, se divisó por encima de los restos del más abominable retén venezolano, un globo con la bandera tricolor, huyendo a la misma velocidad que el retén se desintegró. La peregrinación Aunque se anunció, oportunamente, la hora exacta de la demolición, 12 y 30 de la tarde del domingo 16 de marzo, los curiosos ocuparon la ansiada primera fila, que podía ser un balcón, una ventana o un pedacito minúsculo de acera o de la autopista Caracas-La Guaira, desde casi tres horas antes del mediodía. Con la misma actitud expectante que asumieron ante la llegada del papa Juan Pablo II, la gente acudió para presenciar, sin intermediarios, la demolición del retén. Como en una peregrinación mística, hombres, mujeres y niños fueron aproximándose desde la autopista, la calle Real de Los Flores de Catia, o los bloques de 23 de Enero, tratando de llegar lo más cerca posible de las cámaras de televisión y del mejor ángulo de donde pudiera captarse la muerte del edificio. Y como en los espectáculos públicos que se retrasan inesperadamente, la gente comenzó a aplaudir cerca de las 12.15 pm tratando de apurar a los organizadores, quizá por impaciencia, quizá por el hambre que en ese momento empezaba a apretar. Hasta el momento de la detonación, los espectadores se mantuvieron en sus puestos, forzados por las cintas amarillas que les cerraron el paso y las rígidas instrucciones emanadas por los cuerpos de seguridad. Pero una vez producida la implosión, la adrenalina se activó de tal manera en cada una de las personas rezagadas en sus respectivos rincones, que el área que había sido inaccesible para la mayoría se desbordó repentinamente de gente, deseosa de rescatar un pedazo de concreto o de comprobar lo que segundos antes habían visto. Minutos después, veinte o treinta quizás, los curiosos seguían, literalmente, con las bocas abiertas, tratando de recobrar el aliento y el ritmo del corazón que se descontroló por el fugaz, pero intenso espectáculo, que acababan de presenciar. Reabiertos los accesos por la autopista Caracas-La Guaira y por las calles de los alrededores, las familias retornaron a sus casas con las expectativas del domingo cubiertas. Ni la mejor exhibición de cine, ni el mejor montaje de teatro pudieron haberle brindado una experiencia tan marcada como la que vivieron a las puertas del retén de Catia. El sueño de Catia Bajo la mirada del propio presidente de la República y los ministros de Justicia, Relaciones Interiores, Ambiente, Educación y otras personalidades, Jacobo Borges rescató la posibilidad que tenemos ahora los caraqueños de contar con una ciudad sin divisiones de este y oeste. Está seguro de que simultáneamente a la demolición, todos ganaremos una ventana hacia el futuro, y un eslabón más de respeto por la vida. Por su parte, el ministro de Justicia, Henrique Meier, aclaró que con esta demolición no se está haciendo un acto demagógico, sino que se está cumpliendo con el sueño de millones de personas de abrir en ese espacio que deja la cárcel un nuevo sitio de encuentro. Sabe Meier que no resuelve de esta manera el problema penitenciario en el país, pero al menos es una aproximación a esa aspiración colectiva. Para que no me lo cuenten Un barrio fantasma parecía ser La Línea, veinte minutos después de derribado el retén de Catia. Hasta las dos de la tarde de ayer, los vecinos de esa comunidad, conformada por estrechos callejones, muy próximos a la derruida estructura, no habían podido regresar a sus casas. Dentro de las medidas de seguridad que se contemplaron para ejecutar la implosión, se incluyó el desalojo de estas familias, dada la cercanía con el edificio que hasta hace muy poco tiempo fue depósito de miseria y vergüenza. Esas personas debieron salir de sus hogares muy temprano en la mañana, pero antes tuvieron que cerciorarse de dejar las ventanas abiertas, las hornillas de la cocina bien cerradas y las luces apagadas. Afortunadamente, los cristales no se rompieron en ninguna de esas casas. Todo parecía marchar normalmente, pese al aspecto desierto y abandonado que anunciaban sus calles. Un solo joven comentó sin abatimiento la rotura de un adorno de cristal que tenía guindado en la puerta de su casa. Además de la desesperación del perro que quedó solo mientras se ejecutaba la demolición, todo lo encontró en su sitio. Puede estar tranquila, entonces, la señora Lucía Suárez, de sesenta años, quien a las doce del mediodía esperaba con impaciencia la caída del edificio para regresar a su casa y comprobar que todos los servicios estaban funcionando. Decidió ir con una vecina a mirar porque quería comprobar personalmente la desaparición de ese edificio "que no pocos sustos me hizo pasar". Por el almuerzo no estaba inquieta, porque lo "montó" a las cuatro de la mañana. Reyna Brizuela se ubicó con su nieto en uno de los rincones porque quiso formar parte de la historia. Rosa Díaz, de 40 años se movilizó desde El Valle porque la curiosidad le impidió ver ese espectáculo desde la televisión. Carlos Quevedo, de 50, no quiso que nadie se lo contara, él personalmente fue para mirar "cómo se derrumba el horror". Mientras que Gladys de Alvarez, residenciada en el Estado Aragua no quiso regresar a Zaraza sin llevarse la historia en vivo para contarla en su pueblo. Junto a ellos también había niños de todas las edades, deseosos de relatar en el colegio, hoy en la mañana, la película en vivo que pudieron disfrutar. . |
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