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Caracas, domingo 09 de julio, 2006  
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Fiesta Germana
Con balón dorado
El día de hoy quedará marcado para siempre en la memoria de todos los habitantes de este este planeta, pues tendrá lugar el acontecimiento deportivo más importante que existe: la final de un Mundial de fútbol. Once franceses y once italianos irán detrás de un balón que simboliza la eterna búsqueda de la excelencia humana.

JAVIER BRASSESCO

EL UNIVERSAL

El planeta se paralizará hoy por noventa minutos. En Berlín, en el mismo estadio donde corrió Jesse Owens y donde no lo premió Adolf Hitler, veintidós hombres irán detrás de un balón en el evento deportivo más importante del mundo, un acontecimiento tan especial que sólo tiene lugar cada cuatro años.

Bueno, en realidad esa cosa que hoy perseguirán italianos y franceses tiene forma de balón y parece un balón, tanto que cualquier despistado diría que es un balón con motivos dorados y poco más. Ahab, aquel delirante capitán cuya única razón de vida era cazar a Moby Dick, dijo una vez que todas las cosas del mundo no son más que máscaras de cartón, y que si el hombre quería golpear tenía que golpear a través de la máscara. Ese objeto dorado y esférico que hoy estará yendo de un lado para otro en el Olympiastadion es mucho más que un balón, es, en palabras de Ahab, una máscara, un símbolo de la gloria, del honor, de la excelencia, del amor por una camiseta que a su vez representa un país.

Pocas personas en los 206 países en los que será transmitido el Italia-Francia podrán resistirse al encanto de una final de Campeonato del Mundo. Todos los terrícolas convertidos en espectadores de un mismo acontecimiento y al mismo tiempo. Incluso aquellos que se lamentan por la falta de goles en este Mundial y que critican a los finalistas por sus esquemas ultradefensivos, no tendrán más remedio que sentarse frente al televisor aunque no sea más que para rumiar su inconformismo.

Cierto, hoy no se ven exhibiciones futbolísticas que provoquen declaraciones como la de Gabriel Katchalin, aquel técnico ruso que luego de perder 2-0 en 1958 con el Brasil del ¿irresponsable¿ Garrincha y del jovencísimo Pelé exclamó: ¿No puedo creer que lo que presenciamos esta tarde fue fútbol. Jamás había visto algo tan hermoso¿. Hoy más bien los elogios, cuando los hay, se dirigen a un defensa como Cannavaro o a unos mediocampistas de contención como Makelele o Vieira. Cosas de estos tiempos.

Sea como sea, lo que sí está claro es que nadie le regaló nada a Italia ni a Francia. Esos países dirimirán la final, no otros, porque se lo ganaron a pulso, porque hicieron lo que tenían que hacer y en el momento cuando había que hacerlo, porque no se equivocaron cuando no podían equivocarse, algo de lo que también están conscientes quienes hoy critican el sistema de juego de los finalistas.

Además, el partido de hoy será el último juego de Zinedine Zidane, uno de esos jugadores que aparecen cada diez o veinte años. ¿Cómo podríamos explicarle a nuestros nietos que nosotros, que tuvimos la oportunidad única de ver a ese futbolista irrepetible disputar su último partido, estábamos muy ocupados pensando en lejanas galaxias o viendo pajaritos?

La emoción, la gloria, la entrega, la ansiedad, el aire que nos falta, la tristeza por lo que irremediablemente no volverá sino dentro de cuatro años, la nostalgia que ya sentimos porque jamás volveremos a ver a Zidane pateando un balón, la certeza de estar viviendo un momento que estará marcado a fuego en la memoria colectiva, el vacío de los días que vendrán... todos eso se mezclará hoy durante noventa minutos en un instante que será eterno.

Quien no entienda eso es porque no sabe todo lo que está en juego en cualquier evento deportivo. Quien no entienda eso no sabe nada de la vida. Habría que repetirles lo que todo un Walt Whitman, el poeta más grande que ha dado Estados Unidos, le dijo a una persona que le reclamaba su excesivo interés en un partido de beisbol: ¿Sí, me gusta todo eso: el beisbol, los picnics... Amo el tiempo de las fiestas, sin clérigos y sin policías¿.

 




 
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EL DATO

Zinedine Zidane atesoró una docena de títulos a nivel de clubes en su campaña, mientras que con la selección francesa alcanzó el más preciado: el del Mundial-98 jugado en su país.

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