PRIMER
ARTISTA "MODERNO", PRIMER "LOCO", PRIMER "SUJETO"
DE LA CULTURA MODERNA NACIONAL
Yo, Reverón, aquí
"Reverón
-el sujeto, la obra- es, pues, una pregunta abierta para
la cultura venezolana", avanza Luis Pérez Oramas esgrimiendo
que la oficialidad, la institución cultural, "se empeñó
en construir la aserción inversa,la contraria certeza: que
el arte de Reverón habría sido la consecuencia de
su 'locura', y que eso, simplemente, en este país desierto
de razones, lo eximía de buscarle una mejor explicación
a su obra". Mas, llegó la hora, le llegó la hora
a ese ser excéntrico que echó blanco sobre el blanco
de lo innombrable para hacerse de una mirada, de un lugar que lo
religara o lo emancipara. La hora que no buscó pero en la
que el mundo hoy lo descubre como el genio que es

Foto: Victoriano
De Los Ríos
Reverón
se propuso hacer ver lo que él veía
Reverón
-el sujeto, su obra- es una pregunta abierta para la cultura venezolana.
Este hombre inmenso, a quien sus más lúcidos contemporáneos
llamaron -y aún llaman- "psicópata", habrá
encarnado como pocos venezolanos, como ningún otro, la más
consecuente y paradójica forma del "éxito"
y del "reconocimiento" público. Pero Armando
Reverón no parece haber buscado ninguno de esos puertos,
ni parece nunca haberse encaminado en el viaje vanidoso que sueña
llegar hasta ese término. De la misma manera, nunca se propuso
Reverón ser un artista "moderno" y llegó
sin embargo a serlo antes que nadie y de la forma más excelsa,
indiscutible y clara.
Fue Reverón
un excéntrico en todo: en su conducta, en la escogencia de
su lugar, en su obra. Ello constituye una paradoja en el seno de
una cultura que padece dolorosamente de su propio eurocéntrico
complejo de infravaloración, una sociedad -me refiero a su
institución cultural- que no espera nada de ella misma ni
cree, en el fondo, en ella (a menos de que se vea reflejada inesperadamente
en el espejo celeste que le tiende, legitimándola, la metrópolis
del Norte): una república letrada mezquina consigo misma,
de una mezquindad que se disfraza, enfermiza, en la detestación
de su propia modestia y en la búsqueda obsesiva, neurótica,
de una quimérica grandeza. Paradoja, pues, la de este nuestro
Reverón antiquimérico, excéntrico y
extravagante, a quien nada en su apariencia conducía hasta
el reconocimiento universal, consagrado hoy como un hecho público.
Tres cosas
se inician con Reverón y lo hacen para nosotros un
hermético ejemplo: en su figura, en la personalidad socialmente
constituida alrededor de Reverón y en lo que la sociedad
venezolana identifica con su nombre, se enlazan el primer artista
"moderno", el primer "loco" y el primer "sujeto"
de la cultura moderna venezolana.
El primer artista
"moderno", no hay duda. Esta "modernidad" surge
sin dilación cuando Reverón pinta, por nombrar
un cuadro, El árbol, en 1931, haciendo coincidir plenamente
a la pintura con su pura extensión matérica, dejando
que aquel uvero fragilísimo se desagregue en una liquidez
pigmentaria impresa en su soporte como si todo fuese allí
fruto de un accidente precario e increíble: ¿cómo
dar crédito en nuestros ojos de esta tenue aparición
en otros ojos? El árbol es, pues, para el acervo cultural
venezolano, la manifestación más exacta y plena, además
de la más temprana, de una forma enteramente moderna en pintura.
No pueden abrigarse dudas sobre la "rareza" de esta modernidad,
sobre esta modernidad "deformada" que emerge donde nadie
la estaba esperando, desprovista de coartadas teórica; no
respondió ella a ningún proyecto, a ninguna forma
de programa, ni se acompañó de ningún manifiesto,
de ningún estado explícito de conciencia en la búsqueda
de un vocabulario pictórico moderno. Simplemente, Reverón
buscaba una "gramática pictórica" posible
para su propia circunstancia perceptiva, la única pintura
que hiciese posible hacer ver lo que veía en el lugar preciso,
insustituible, en donde estuvo viéndolo durante una vida
entera. Fue, pues, esta "modernidad" en todo, como las
manchas informes de El árbol, una involuntaria emergencia.
Pero puede
osarse también la aseveración de que fue Armando
Reverón el primer "loco" de la cultura moderna
venezolana; el primer "loco" inventado por nuestro colectivo
social para significar con ello, a la vez, su exclusión y
su necesidad. Es verdad que tiene Reverón en esto
un antecedente de inmensidad imponderable: Simón Rodríguez,
aquel primer "loco" fundacional de nuestras exclusiones
constitutivas. Pero no fue Rodríguez "loco"
más que para las élites escasas de una nación
que no estaba aún socialmente constituida como colectividad.
No fue, como Reverón, un "loco" masivamente
reconocido por toda una sociedad, desde sus élites hasta
sus periferias poblacionales; no fue Rodríguez el "loco"
popular de un colectivo que podía imaginarse en el espectáculo
de su propia autorrepresentación, precisamente en las proyecciones
sublimes que ese mismo "loco" estaba produciendo como
obra y como imagen. Tampoco fue Simón Rodríguez,
como sí lo fue Armando Reverón, un "loco"
de nuestra modernidad. Es cierto que en ambos personajes la "locura"
se acompañó de un exilio, pero el aislamiento de Reverón
fue un exilio en el interior mismo de la nación, una isla
abierta en el centro de nuestro sitio que puede valer como primera
escaramuza histórica para encontrar un lugar imposible por
haberse desvanecido incesantemente en el sentimiento y en la experiencia
de toda la cultura venezolana que lo había precedido.
Es decir que,
a destiempo, tardíamente, como suele suceder con este tipo
de conversiones de personas en figuras socialmente reconocidas,
los venezolanos hicimos de Reverón un "loco"
para fingirnos a nosotros mismos que el gesto por medio del cual
el gran artista se había alejado era, en verdad, la consecuencia
de haberlo nosotros echado, expulsado, exiliado de nuestro mundano
oficio de urgencias y días medianos. Porque hacer de alguien
un "loco", convertir a alguien en esa figura social que
se encarna como "locura" consiste en atribuirle públicamente
el estigma de su exterioridad, la situación de su excentricidad.
Con ello, a través de esta "locura" reveroniana
que los venezolanos hemos inventado como referencia pública,
estamos significando acaso aún nuestra incapacidad para asimilar
como creación significante su gesto de aislamiento; estamos
reconociendo lerdamente que la construcción de esa exterioridad
en el seno mismo de nuestro interior es una especie de impensado
estigma para nuestra cultura nacional.
Ese dolor acompaña,
querámoslo o no, a Reverón entre nosotros.
Pero es que ese dolor, esa manera ligera de despachar su genio como
atributo incomprensible o sarcástico de su locura, ese atajo
somero de incomprensión, que no se acompaña por ello
del rechazo de sus obras, era acaso el síntoma de una necesidad
cultural: la necesidad de reconocer, también en ese nuestro
gesto sordo, en ese nuestro ciego gesto, en ese gesto que asimilaba
(o simulaba hacerlo) una pintura de incomprensibles enceguecimientos,
la diferencia en nuestro seno que encarna la locura del otro.
Me gustaría
afirmar entonces hoy -cuando esa "locura" está
a punto de ser consagrada universalmente como genialidad indiscutible
y cuando el olvido de la obra de Reverón en el corpus
canónico del arte moderno alcanza su reparación necesaria-
que es menester para los venezolanos asumir el problema reveroniano
de nuestra modernidad: reconocer, en fin, y al fin, que aislando
la supuesta "locura" de Reverón con relación
a nuestra histórica mezquindad, la institución cultural
venezolana hizo abstracción de la estructura causal de los
desórdenes psíquicos de Armando Reverón
para poder "aceptar" su genio (e incluso su genialidad)
al precio ficticiamente compensador de su "locura".
Se trata de
una frecuente operación de "morbo", harto vista.
De Van Gogh a Artaud el genio es siempre un loco.
Lo curioso de nuestro caso es que jamás antes la cultura
venezolana había instituido colectivamente, como lo hizo
con Reverón, a la figura de un loco para asimilarlo
como exclusión, como excepción radical, alienándolo
de toda sospecha de normalidad. Lo curioso -habría que decir
lo significante- es que ese loco tardío fue, también,
el primero de los modernos, quien inauguró para el arte nacional
la posibilidad de sinceración y de claridad estructural,
tan alejada en sí misma de la ausencia de cordura, que llamamos
también, tardíamente, nuestra modernidad.
En fin, para
subrayar lo específico de esta inscripción de Reverón
como factor enrarecedor en la institucionalidad cultural venezolana,
sería menester recordar que todos los testimonios autorizados
coinciden en indicar que el arte de Reverón no encontró
nunca en sus desórdenes psíquicos ningún aliado,
sino más bien su mayor obstáculo, su episódica
interrupción. Así, pues, aun cuando todo conduce a
pensar que el arte (y el "genio") de Reverón
fueron fruto de su exuberante y excéntrica "cordura"
(no de su "locura"), la cultura oficial venezolana se
empeñó en construir la aserción inversa, la
contraria certeza: que el arte de Reverón habría
sido la consecuencia de su "locura", y que eso, simplemente,
en este país desierto de razones, lo eximía de buscarle
una mejor explicación a su obra.
Efecto de un perverso laberinto vitalista, -el entusiasmo contagiante
detrás del cual se excusa muchas veces nuestra inteligencia-
la "invención de la locura" reveroniana fue también
indicio suplementario de la incapacidad de nuestra sociedad para
asimilar en su seno (y de su seno) una manifestación descollante
del arte, la cual exigía (y aún exige de nosotros)
un esfuerzo por trascender los límites normales de nuestros
automatismos perceptivos: ver allí algo más de lo
que tenemos por costumbre ver.
Pero Reverón
puede ser pensado, además de como primer moderno y primer
loco, también, como el primer sujeto de la cultura moderna
en Venezuela: el primero en construir, simbólicamente, un
lazo mutuamente condicionante (o determinante), y manifiestamente
inconfundible, entre el yo y el aquí. Habría sido,
según esto, Armando Reverón el primer venezolano
en hacer obra de arte (indisociablemente) desde "una localización
ontológica".
La afirmación
puede parecer excesiva, discutible y polémica, pero yo voy
a mantenerla indemne. Voy a argumentarla, desde el pensamiento de
la pintura, frente a lo que pudiera ser la fuente de mayores reservas
en su contra: el ámbito literario. Sería sin embargo
necesario definir muy bien antes esta "operación fundadora
del yo, aquí", tal como la califica Bruno Nassim
Aboudrar: "aquella de una localización ontológica
que se debe, a su modo, a un arte del espacio del sujeto: al retrato.
Pero a un retrato
que no puede ser rigurosamente concebible sino al encontrar aquí
su origen (yo no me pinto sino allí donde soy y yo no soy
sino en el lugar donde me pinto
)".
En ese sentido
pareciera que las "localizaciones ontológicas"
producidas en el ámbito literario venezolano, al menos aquellas
que pueden "acuñarse" en el proceso de la "invención"
nacional de la subjetividad, dan cuenta de dos versiones opuestas
e inconciliables. Por una parte el yo deslocalizado, la subjetividad
sin lugar; por otra parte el lugar sin sujeto. La ausencia del lugar
es notable en la literatura venezolana que precedió a Reverón,
desde Bello que lo canta en Londres hasta Pérez
Bonalde que lo evoca como un efímero reencuentro, desde
Ramos Sucre que lo elude hasta Gallegos que lo describe
como agonía. Cuando insurge el lugar con fuerza arrebatadora,
como en Teresa de la Parra, lo hace supeditado a una elaboración
memoriosa, a una jerarquía nemosínica y, en general,
a una escritura de la "nostalgia", esa otra forma de su
pérdida. Operaciones significativas de la deslocalización
y de la relocalización pueden citarse, desde las de orden
político -el no lugar, el espejismo utópico del epistolario
bolivariano- hasta las minuciosas reconstrucciones de un Codazzi
o de un Cajigal (que estudia con no menor minucia Rafael
Castillo Zapata): se trata, allí, a lo que parece, del
puro rastreo de un lugar para lo cual, en el extremo oficio de la
simulación metódica, el sujeto debe desaparecer, al
menos como subjetividad constituyente. Esas dos vueltas a la Patria
-Cajigal, Codazzi- están signadas por el espectro
antecesor de un extranjero monumental, a saber Humboldt,
y su (doblemente) diferida (e indiferente) construcción del
espacio nacional como un ámbito de la razón futura,
científica, europea. Y se pudiera entonces añadir
tras ellos las de todo el positivismo nacional cuyo siglo se concluye
en el sitio de un ultraje simbólico que Díaz Rodríguez
describe con asco modernista al final de Idolos rotos.
Pero no veo
yo en esas magníficas realizaciones, en esos fallidos y brillantes
intentos por afincar la enunciación en su lugar, nada similar
a lo que será, en Reverón, por efecto de su
excentricidad y de su autorrelegatio en la isla del Castillete,
la íngrima confrontación con el presente (que la luz,
como forma simbólica, encarna en su pintura) y con la Presencia
de la pintura misma, de las sombras, de los cuerpos calcinados,
del resplandor que enmudece a la representación y la deserta
de relatos. Es, pues, allí mismo (aquí), abstrayéndose
(o emancipándose) de toda nostalgia de pasado y de toda ficción
de porvenir, en estado de presente y de presencia, en estado de
gracia (si "la presencia es gracia") que Reverón
procede a "construir una subjetividad", un yo que dependa
de un aquí.
Aquel "desde
la enramada" reveroniano (como el cuadro magnífico titulado
Luz tras mi enramada, que Reverón acomete en
1926) es, pues, un equivalente simbólico, para la cultura
nacional, del sitio textual de aparición de la subjetividad
(como en el prefacio Aviso a los lectores de los Ensayos
de Montaigne): allí donde por primera vez alguien
dice entre nosotros "yo, aquí"; allí donde
por primera vez alguien procede a construirse pública y simbólicamente
como yo al señalar (y en ese mismo señalamiento),
al identificar en esa misma identificación el sitio en donde
dicha construcción de la subjetividad es, a la vez, posible
y diferente: Yo, Reverón, aquí.
Posible, precisamente,
en el lazo topológico y simbólico con un sitio específico,
con un lugar, así fuese el lugar de una especie de reclusión,
un jardín concluso y ensimismado. Diferente, como singularidad
irrepetible, y por lo tanto diferida hacia un lugar "enunciativo",
hacia un lugar simbólico, hacia el lugar en el cual la subjetividad
tiene lugar como representación. Operación inmensa
y fundamental (fundadora) por medio de la cual el primer "loco"
de la cultura nacional, el primero de los "locos" que
nuestra cultura instituida estigmatizó para aceptarlo en
su seno como diferencia necesaria, fue, también, el primero
de sus "sujetos"; el primero que atando indisolublemente
al yo con el aquí, "desde la enramada", se hizo
construcción simbólica y pública de la subjetividad
en acto presente, en acto de Presencia.
Reverón
-el sujeto, la obra- es, pues, una pregunta abierta para la cultura
venezolana: porque con él, en el rumoroso silencio de los
pigmentos que acarician una materia muda, el yo ha venido por primera
vez a decirse encarnado en su lugar a través de la afasia
de los ojos, sin palabras, sin "ideas claras", en la confusión
de lo visible; pero en una absoluta claridad cuyo resplandor hace
más presentes a las manchas epidérmicas del mundo
y a sus sombras. Y en ese silencio claro de su primer día
ha venido también ese yo a calcinarse, y se ha consumido,
haciéndose mancha entre las manchas y entre los rastros,
rastro.
Luis
Pérez Oramas. Ensayista y poeta

Pajarera
(sin fecha)
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N°
71 Aņo III
Caracas, sábad 09 de septiembre de 2000
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