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Creación
LILA
ZEMBORAIN, VOZ QUE EMERGE DEL CUENCO, QUE ROMPE LAS PUERTAS DEL
DIQUE
Y
sacude el horror de lo callado
Lila Zemborain
(Buenos Aires/1955) traza con su primer libro publicado otra territorialidad
para el alma, debajo del agua, pero procreando incendios. De esa
pugna ha entregado la también ensayista no sólo lo
que ha sido llamado una -su- "Biografía Acuática",
luego levantó los brazos y dijo "Usted"
que "en la trama del tiempo sucesivo parece ser el llamamiento
que pide
una eternidad", según apunta Arturo Carrera. Y mientras
continúa tejiendo esa trama/trampa de lo real se deja presentar
ante los lectores venezolanos con los textos que siguen

Edgar Degas, Mujer desnuda
de pie, 1865
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Hay algo
allí
o puede haber algo
que no soy yo
que es ajeno a mí
Es más
bien
una presencia infinitesimal
asexuada
que está ahí
en una zona de mi cuerpo
que no puedo ver
Mi cuerpo
es una superficie de piel
Mi cuerpo
es una malla de piel
Es a todo
lo que
puedo acceder
Es permanente
el flujo de mi sangre
Es permanente
el flujo de agua
que devora el río
Es permanente
el flujo de tu río
No decir,
aludir
para que el horror de lo callado
sacuda con su evidencia
(Del
libro: Abrete, sésamo, debajo del
agua / Ediciones Ultimo Reino)
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Mamá
está tejiendo en la sala a la hora de la siesta. Una
sala oscura y fresca en las tardes de verano. Cerca de una
ventana grande que alcanza a iluminar sólo un rectángulo.
El piso de la sala brillando de olor a cera. Los pájaros
agobiados de calor cantando en el parque. Mamá sentada
y en una mesita baja la máquina de tejer. Cerca, un
cigarrillo sobre un cenicero verde transparente. El ruido
de la trama del tejido que crece con cada pasada. Es lana
verde también. El ovillo lo hicimos antes. Había
que ovillar la madeja. Pasar las manos y quedarse quieta,
sentada, yo de un lado moviendo los brazos, mamá del
otro. Ella haciendo unos ovillos gordos, perfectos, parejos,
ni apretados ni flojos, tratando que no se enrede la lana
porque me distraje. Ovillar, ovillar y pensar que aprendí
a tejer con dos palitos y un pedazo de lana colorada con las
niñeras que charlaban debajo de la magnolia. LLevarle
a mamá ese tejido apretado, sucio, desprolijo. Ponerme
cerca de ella y sentir su cuerpo perfumado y con cierto olor
a cigarrillo recién prendido. Mamá fumando de
una manera muy atractiva. Sus manos de uñas nacaradas
y pellejos hasta casi sangrar. Mamá mirando mi tejido
y yo a ella, oliéndola, sintiendo su voz muy cerca
mío, los ojos siempre tapados por los anteojos negros.
Sus manos tratan de explicarme impacientes cómo aprolijar
mi
tejido.
(Del libro: Usted
Ediciones Ultimo Reino)
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N°
71 Aņo III
Caracas, sábad 09 de septiembre de 2000
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