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Ensayo
EL
SUEÑO FUTURISTA DE MARINETTI ENCARNA
¿Velocidad
es belleza?
Teódulo
López Meléndez entabla una seria discusión
con quien fuese cabeza visible del movimiento futurista, Filippo
Tommaso Marinetti. Luego de calificarlo como "pobre" -para
señalar con ello, pareciera, falta de alcance en su visión-,
agrega que éste "encontraría hoy que sí,
que más allá
de como él lo quería, la identificación del
hombre con la máquina se aproxima a límites impensados
que podrían conllevar a un cambio en la fisionomía
misma
del cuerpo humano" (
)

Foto Carlos German Rojas / Siete icosidodecaedros / 1977
Gego, más allá de la perspectiva
del espacio y del tiempo, siempre en movimiento
La
última vez que me ocupé de Filippo Tommaso Marinetti
fue para dejarlo encerrado en un viejo palacio de Venecia ("Jardines
en el mundo", 1996). Lo dejaba allí con todas las vanguardias,
en una exposición como cualquier otra, como pieza de museo.
Al fin y al cabo, pensaba, las vanguardias habían asumido
un signo ambiguo. La carga del "Manifiesto futurista"
me parecía muy bien entre gruesas paredes por la evidente
contradicción reforzada, sin duda, entre ideal civilizador
y progreso técnico-científico. Aún más,
posmodernidad, reflexionaba, nace en el momento en que la vanguardia
(lo moderno) se agota en su proceso de demolición. Marinetti
no podía saber que la concepción del tiempo variaría
radicalmente y que en esto que ahora llamamos "tiempo real",
donde el presente y el ahora son omnímodos, sus deseos de
un hombre identificado con un motor nos obligaría a meter
las manos en el polvo que se desprende de aquel documento.
Allí
se hablaba de la belleza de la velocidad, de una, claro está,
representada por los medios de transporte, revolución ya
comenzada en el siglo XIX. Lo curioso es que se condenaba la inmovilidad
a la que, pensaban, la literatura había condenado al hombre.
En consecuencia, se exaltaba el movimiento agresivo, el insomnio
afiebrado, el salto mortal. En "El manifiesto técnico
de la pintura futurista" se hablaba del "dinamismo universal"
y de la "sensación dinámica", del concepto
de la energía de la materia cuya esencia no era lo formado
sino el continuo formarse.
El pobre Filippo
Tommaso encontraría hoy que sí, que más allá
de como él lo quería, la identificación del
hombre con la máquina se aproxima a límites impensados
que podrían conllevar a un cambio de la fisonomía
misma del cuerpo humano y también encontraría que
la máquina que él asociaba a velocidad impone hoy
la inmovilidad. Tal vez deberíamos cesar la referencia y
devolver el futurismo al museo donde lo vi por última vez
y de donde lo hemos sacado para partir de él en relación
a la identificación entre belleza y velocidad. Sin embargo,
ir a una de las vanguardias de mayor carga destructiva, es decir,
ir a la modernidad, es quizás elemental hoy para entrar en
la posmodernidad.
¿Qué
es belleza? ¿Qué será belleza? Dentro del mundo
que viene de la ruptura de la doble visión del ojo, de una
humanidad disléxica, de la pérdida absoluta de distancia
y de los relieves, de la desaparición del aquí, el
arte abandonará la perspectiva del espacio para asumir la
perspectiva del tiempo. En cualquier caso, como lo quería
Marinetti, belleza estará asociada a velocidad, pero
no puedo concebir cómo será esta "belleza",
si es que no llegamos a concluir que ambas palabras se harán
sinónimas. Entre otras cosas, el mundo postindustrial ya
no fabricará grandes objetos, pues bien se sabe que estamos
ante una miniaturización del producto tecnológico.
Hace pocas horas he visto en la televisión francesa a un
paralítico alzarse de la silla de ruedas, movidas sus piernas
por un aparato que suplanta los impulsos eléctricos de su
cerebro, sacándolos de un artefacto adherido a su estómago.
Bien por todos los paralíticos que podrán andar, pero
allí está el anuncio de la conversión del hombre
en un ensamblado de prótesis. Mañana nos tragaremos
micromáquinas que recorrerán nuestro cuerpo, microrobots
que andarán nuestras arterias y píldoras inteligentes
que transmitirán información sobre los restos de carne
que nos queden. Paul Virilio lo sabe y por eso acuñó
la palabra "anímatas" para describir a esos extraños
visitantes que a la larga se irán integrando a nosotros como
nuevos órganos sustitutivos de aquellos atrofiados o inservibles
o, simplemente, para cubrir otras necesidades, unas no propias de
la evolución de la especie, dado que el caso parece ser que
esa evolución ha terminado. Sí, el sueño dislocador
de Marinetti de una identificación plena del hombre
y el motor se asoma. Esa será la nueva salud, anunciada por
el propio Nietzsche y convertida ahora en un espacio reducido
y circunscrito, dado que lo exterior se anula. Es por ello démodé
la novela que siga girando sobre un exterior inexistente. El texto
literario debe ir hacia adentro, en una especie de nekya
permanente. Si el hombre es ahora el espacio a conquistar debemos
tener en cuenta que la metafísica reaparece en la forma más
insospechada, puesto que este hombre postevolucionista intervenido
por los objetos de la biotécnica, se convertirá, literalmente,
en un hombre metafísico.
El futurismo
asociaba velocidad a automóvil. Con él a tren y a
todo lo que se moviera por motor. Hoy la velocidad está en
las ondas electromagnéticas. Dentro de poco Internet entrará
por la vía de la electricidad, no del teléfono. Bien
podemos decir que la velocidad de la luz es el nuevo límite,
uno en que nos paralizamos. Ya no hay interpretación subjetiva
o disociación de apariencias objetivas. Ya no sabemos bien
qué es realidad. Está rota la unidad de percepción
del hombre y su relación con lo real, si es que a algo podemos
seguir llamando así. El ojo humano ha sido superado por la
imagen de síntesis. En los tiempos de Marinetti la
velocidad equivalía a disminución de tiempo, a un
ahorro entre llegada y partida. Ahora sólo llegamos y no
es necesario partir. Velocidad se ha convertido así en absoluta
inmovilidad. Virilio nos lo recuerda al hablarnos del hombre
inicialmente móvil, luego automóvil y finalmente mótil;
es decir, uno que ha limitado sus movimientos y en cuyas casas pronto
no existirán ventanas, ventanas como las de Shakespeare
y Pessoa en sus sonetos, mas sólo pantallas y cables
que ocupan los antiguos lugares de ellas. Ya no puede decirse que
estar signifique aquí. La transmisión entra directa,
convirtiendo a este pobre planeta en uno sin espacio y distancia,
dejando superada la definición de MacLuhan de "el
medio es el mensaje" por otro que bien pudiera ser "la
velocidad es el mensaje". No necesitamos desplazarnos; el violento
aire removido por la máquina que ha podido conmover a los
futuristas ha sido sustituido por la paradoja de que todo acontece
en este lugar, en ninguna parte, donde estamos fijos o clavados
nosotros, receptores de las ondas electromagnéticas.
Al desaparecer
la distancia lo lejano es lo que tenemos "cerca" y lo
cercano se hace intolerable. El hombre queda contraído, por
la velocidad, en un mismo sitio, en uno que ya no se llama "aquí"
sino "ahora". Las consecuencias son previsibles. En el
campo de la literatura, la eliminación de las distancias
ha conllevado a la aparición de una sin distancia; es lo
que se denomina literatura "light". Sólo
podremos derrotarla viajando hacia el interior del hombre, pues
hacia fuera todo está comprimido. Si queremos escribir sobre
lo planetario hay que ir a buscarlo en el único planeta que
todavía subsiste, el hombre. El está inmovilizándose
y llegará a un sedentarismo total, a una parálisis
que hace de su cuerpo un ghetto. En ese ghetto debemos introducirnos
y buscar lo intermitente, que será lo único que quede.
Es así que debemos aprender a manejarnos en el tiempo, no
en uno histórico desaparecido, sino en el "real"
de la onda electromagnética y hacer tomar a la literatura
su papel de alimento del alma en sustitución del narcótico
del vacío llamado "light". La tecnología
paralizará al humano, pero podemos los escritores combatir
la atrofia de los miembros que esto traerá, impidiendo que
las ondas electromagnéticas de la transmisión en vivo
nos hagan meros receptores de una "luz" aséptica
alimenticia en sí misma, suministrando la otra luminosidad,
la que siempre ha anidado en aquello que está por ser paralizado.
La clonación puede hacerse, ya está visto, pero aparte
de la oveja y de los cochinillos que ya han sido duplicados, existe
otra, la del "doble", uno electroergonómico, la
proyección de una "imagen" a la que podemos dotar
de los "sentimientos" de aquel que la origina. Ya está
planteado que el astronauta viaje desde su casa siguiendo una proyección
virtual a partir de una sonda espacial. ¿"Velocidad
es belleza" como lo planteaba el viejo furor futurista? Los
pintores deberán aprender a pintar la perspectiva del tiempo,
los poetas deberán comprender de una vez por todas que están
colocados en el espacio en blanco entre las palabras, los escultores
deberán tomar en cuenta la existencia de otra materia (el
tiempo ya lo es) y cambiar el humano rostro desfigurado. Nuestra
labor deberá ser la de inferirnos de la luz, aprehender el
lugar del no lugar.
Teódulo
López Meléndez. Narrador y ensayista
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N°
71 Aņo III
Caracas, sábad 09 de septiembre de 2000
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