Reseña

Pie de página


Foto: Esso ALvarez
Humberto Mata no escapa del laberinto borgiano

Los lectores de Humberto Mata hemos sabido de su afinidad con la literatura borgiana. ¿Quién de nuestra generación no puede estar influido por Borges?, dijo alguna vez. Mas, en su caso, esta postulación de carácter general amerita una revisión específica. Mata lleva en su destino la impronta de uno de los afinques imaginarios del escritor sureño: la idea del laberinto. Y esto resulta así por haber nacido en una región que también es un laberinto, el Delta del Orinoco. Humberto Mata empieza a escribir bajo la presión de esa dificultad, afirmó sobre él Guillermo Samperio: su experiencia vital se había vuelto un tema literario por excelencia para la literatura que ahora identificamos como borgiana. ¿Cómo eludió este destino? De manera paradojal: no huyendo de Borges, sino abrazándolo, atravesando el universo borgiano.

Cabe decir asimismo que todo escritor legítimo termina por dar con su propio estilo: así lo anunció Mata en Pieles de Leopardo, así lo confirmó en Pie de Página. Este es un libro resbaladizo, huidizo, desbordante y preciso al mismo tiempo: tiene mucho de la personalidad de su autor, sobre la cual conviene decir que cuesta fijar un rostro, al estar revestida de forma permanente por una prolija ironía. Se trata de un libro que invita a ser adornado por adjetivos como extraño, curioso, local y universal, simultáneamente.

Ya es fama que Robbe-Grillet siempre procuró evitar narrar una historia en sus novelas de corte objetivo; con todo, Barthes demostró que al fondo de las mismas existía anécdota. Mata, siempre fiel a su destino borgiano, ha evitado con inusitada insistencia la novela, y le resultó escribir Pie de Página, que es una novela, a pesar de que sobre la misma dice que son cuentos, donde la historia global la conforma una suerte de relato policial que debe ser completado por el lector. Nos referimos a un libro donde su autor hizo todo lo posible por administrar elementos narrativos capaces de enmascararlo en procura de que no se entendiera como una novela, hay que reconocerlo.

Anteriormente asomamos la idea de que Mata es una persona, un escritor revestido de ironía. Y resulta tanto como decir que la acepta y la refleja hacia el mundo en forma de conversación, también de ficción que se vuelve sobre él mismo, al estilo de un uroboros cualquiera que termina por arropar al autor. Como diría Ana Nuño: el ser de la poesía, como el de cualquier otro género literario, se confunde con el de su creador. Laberinto e ironía son las cartas de presentación de este escritor venezolano: en vida, en arte, que para él son una y la misma cosa.

La poética de Pie de Página (hablamos de su estructura, estilo, lenguaje y tema) descansa en esta frase de la novela: nada conviene tanto como la contemplación; nada, ser tan discorde como ella. Parece un disparate: convenir y discordar, o disentir, en relación con un mismo acto.

Mata escribe un libro que se desliza en múltiples desviaciones, cual si se tratara de un delta; desvíos y afluencias entre el texto principal y numerosas notas, que al final serán uno y el mismo desarrollo narrativo, una redonda historia hilada a la perfección. La novela se llama Pie de Página, la misma abunda en notas a pie de página y hasta nos regala una bibliografía de lujo. Todo ello en un libro de ficción. Se impone, entonces, detenernos un poco en dilucidar esta circunstancia del mismo.

En Pie de Página hay un voluntario impulso de arrastrar todo (eso lo impone el reino de la conceptualización), también existe la idea de tamizar todo (eso lo impone el imperio de la duda). Y resulta decir que, de este choque de absolutos, quien sale ganando es lo ficticio. Ambición de querer entenderlo todo y duda sobre todo lo que se quiere entender: en esto radica la magia del libro. Por eso mismo, el método de escritura de Mata -llamémoslo así, aquí y ahora- simula imitar el procedimiento kafkiano de avanzar y retroceder. Como si lo narrado sucediera virtualmente y, a su vez, permaneciera detenido en el mismo lugar. No olvidemos que hablamos de un escritor familiarizado con la forma de cómo se mueve un río, es decir, en vaivén. Cabe afirmar, para ser fiel al texto: y sin embargo el río, la narración se desplaza.

Reconocemos que en la palabra, en el lenguaje, en el espléndido manejo verbal se apoya una de las bondades que erige el universo escritural de Humberto Mata. La presente novela se dispersa en afluentes de palabras, en riachuelos verbales, en rebalses de disquisición, que adornan y enriquecen la historia, que también son historias: su libro tiene un arriba y un abajo (arriba el texto principal, abajo múltiples notas): la narración ficticia como tal incluye las dos polaridades.

Pie de Página explora una particular manera de reflexión sobre la literatura, al hacerlo desde el borde de la literatura. ¿Qué significa esto exactamente? Significa que existe la concreción de un ansia de diálogo entre dos potencialidades: racionalismo y ficción. Este diálogo se quiebra y, entre líneas, quien implanta un dominio es la sensación, una especie de instruida sensación, al estilo de un sentimiento que piensa. El libro se escribe desde esta peligrosa zona -peligrosa por incontrolable, mientras la novela de Mata resulta ser riesgosamente precisa y exacta-, pretendiendo desestimar las antedichas potencialidades.

En Pie de Página, Mata nos propone el asiduo deseo de dilucidar la génesis del acto ficticio, la génesis de las acciones humanas, la génesis de la pasión amorosa de forma especial y, si de énfasis se trata, que lleva a dos personas a mezclarse en el abrupto y sutil, al mismo tiempo, acto sexual: lo anterior se mueve como un instinto en la mente del narrador, mientras el libro empieza a desarrollarse en vaivenes, mientras el mismo se construye o diluye, valen los dos verbos, en una suerte de libro de agua. ¿Casual similitud con El Libro de Arena?

Lo dicho hasta ahora sobre Pie de Página anuncia como algo lógico (o en el libro se instaura su arquitectura precisamente debido a eso) el peculiar tratamiento que Mata nos ofrece sobre la conformación del narrador: este se asienta invariablemente en la primera y en la tercera personas gramaticales. Eso resulta posible en vista de que Humberto Mata -o el narrador- es de esos escritores que cuando cuentan tienden a simular excesiva humildad; a pasar de la primera persona a la tercera para, a su vez, buscar minimizar al narrador, y hasta anularlo (tal sucede al establecer una especie de simbiosis con uno de los personajes de la novela), anular su poder omnisciente, como si ese mismo narrador se avergonzara de su ínclita omnisciencia. Le gusta la idea de que el mismo -él mismo- proclame su nulidad, a sabiendas de que cual Dios, y sólo como Dios, tiene la capacidad de dominarlo todo en el universo de la obra ficticia. El narrador se comporta, entonces, al igual que un personaje más del libro, se entromete en la trama, sin forzar el código de la ficción, reflexiona acerca de sí mismo en aras de propalar sus limitaciones y alcances; vale decir, de desplegar en el texto una carga de ironía, una explosiva carga de ironía, prójima de esta frase de la novela ansiosa de explicar el encuentro del Orinoco y el Atlántico: el río y el mar, aturdidos, víctimas acaso de una sorpresa eterna.

Mata alumbra gran parte de su impreso con una feliz ocurrencia: lo que sucede en el mismo es entresacado imaginariamente de un cuadro, que también adquiere dimensión de cofre, renacentista: La Venus de Urbino. Cabría imaginar un homenaje más a Borges: tal sucede si acoplamos una similitud con el famoso aleph imaginario del maestro argentino, allí precisamente donde se refugia el universo, que a su vez es entresacado parcialmente para alimentar el relato homónimo.

A este escritor lo domina en su literatura un ansia de construcción, de estructura, lo cual también es típico, en nuestro país, de aquellos autores que comenzaron a escribir a partir de los años setenta; una generación que proclama la necesidad de estudio y crítica. Y ya que nos detenemos a clamar en el desierto, es justo decir que los años noventa acabaron por adquirir el estigma de ser llamados la década de los manuscritos engavetados, por falta de capacidad editorial entre nosotros.

Humberto Mata ha escrito un libro espléndido, una novela que trata de no ser una novela, un texto con propuestas novedosas, una pequeña obra maestra en una editorial alternativa, sin crítica oficiosa que la divulgue, sin mayor distribución. E pur si muove.

Sael Ibáñez. critico y narrador

 

N° 71 Aņo III
Caracas, sábad 09 de septiembre de 2000
 
 
Yo, Reverón, aquí
(Luis Pérez Oramas)
 

Apuntes
Cuando todos somos noticia
(Julio Ortega)

Creación
Y sacude el horror de lo callado
(Lila Zemborain)
Ensayo
¿Velocidad es belleza?
(Teódulo López Meléndez)

Reseña
Pie de página
(Sael Ibáñez)

 
Entrevista
"Admiro de Reverón la crisis de la mirada"
(Milagros Socorro)
 
 
 
 

 

http://www.eud.com/verbigracia http://www.eud.com/verbigracia http://www.eud.com