NOTAS SOBRE EL DIARIO DE VIAJE LITERARIO

Escritores a la conquista del mundo

De "género bastardo" se le ha calificado, mas el diario de viaje ha hecho
de su hibridez, de la mezcla entre prosa literaria y ensayística,
una riqueza tal que le permite detentar una gran libertad expresiva aquí destacada por Maurizio Fantoni Minnella, quien refiere que en la literatura de viaje:
"Al poder invasivo de la imagen, la palabra responde con el ritmo
y el sonido de la lengua y con el peso de la crónica exacta de la relación establecida entre sujeto y objeto, entre el yo que narra (el viajero-escritor)
y el espacio con el cual interactúa". Tal y como es posible apreciar
en las obras de Gide, Claudel, Michaux, entre otros


Foto: Henri Cartier-Bresson
Paul Claudel intuyó que no hay "seguridad comparable con el espacio sin límite"

No hay regazo más benigno que la eternidad,
ni seguridad comparable con el espacio
sin límite. Del mundo ya no sabemos sino
aquello que nos trae cada noche, elevándose
a nuestra izquierda, la cara de la Luna.
Me siento liberado del deseo de cambio
y distracción. Ninguna otra aventura sino
la del día y la noche, ninguna otra oferta sino
la del Cielo visible, ninguna otra mora sino este
regazo de Aguas ilimitadas que lo reflejan

De Connaissance de l'Est, de Paul Claudel


El encuentro actual con la literatura de viaje marca en definitiva el predominio de la civilización de la escritura sobre la civilización de la imagen en la relación con la memoria histórica de los lugares. En la equivalencia de los lenguajes visibles, la imagen fotográfica de los lugares físicos, geográficos, se da a expensas de una pérdida de sentido, descubriendo una nueva dimensión inmaterial que, por tanto, corresponde a la clasificación metódica de no-lugares mezclados en la memoria colectiva con múltiples imágenes indiferenciadas. Fundamentalmente, esto no significa una sustitución de un código estético por otro, sino más bien una afirmación de la diversidad. Al poder invasivo de la imagen, la palabra responde con el ritmo y el sonido de la lengua y con el peso de la crónica exacta de la relación establecida entre sujeto y objeto, entre el yo que narra (el viajero-escritor) y el espacio con el cual interactúa. Dos geografías se asoman en la urdimbre del diario de viaje, una interior y otra física, mucho más concreta que cualquier imagen iconográfica, cuyo límite consiste en agotarse dentro del propio transignificado sobre el cual apoya el inmenso poder ejercido sobre el imaginario colectivo.

Nacido como género literario y hasta hoy considerado injustificadamente menor que la novela y el cuento, el diario de viaje surge entre los siglos XVII y XVIII, cuando los mapas geográficos eran los únicos instrumentos que documentaban lugares cercanos o lejanos y desconocidos para todos, salvo aquellos que se habían aventurado con distintos fines (dando vida a una sólida tradición de literatura de exploración, de navegación e incluso conquista, desde el siglo de Marco Polo).

A poco menos de dos siglos del descubrimiento de América (el descubrimiento de ultramar que, además, desarrolló un intercambio de "imágenes" entre conquistadores y nativos), es naturalmente de la vieja Europa que arranca una especie de migración intelectual desde el norte en dirección al Mediterráneo, llamada comúnmente "Grand Tour". El viaje, verdadero y auténtico peregrinaje entre las ruinas de la civilización grecorromana y de la cultura mediterránea, podía durar hasta seis meses o un año entero; muchos elementos contribuían al éxito de la empresa que representaba para el joven intelectual de origen aristocrático o burgués el complemento de la propia educación. Uno de estos elementos consistía en la ejecución del plan preestablecido, a pesar de que factores psicológicos y prácticos determinaban el éxito del viaje que muchos escritores identificaban como el "viaje a Italia".

De Michel de Montaigne al simbolista ruso Andréi Belyi, éste era el itinerario ideal que desde los Alpes llegaba hasta Sicilia, pasando por ciudades importantes como Génova, Venecia, Roma, Nápoles y Palermo: el viaje abierto al conocimiento del arte antiguo y del Renacimiento (que hace una interpretación "moderna" del clasicismo), al cual se unía el testimonio textual del viaje mismo, es decir, la dualidad experiencia-interpretación. Lo que se vivía y veía (el propio acto de mirar la realidad constituía un elemento esencial de la experiencia) era canalizado al código estético de la palabra escrita, literaria, incluso allí donde, en un mismo texto, conviven distintos niveles de literalidad. A tal condición estético-lingüista se haría por tanto referencia para establecer una nueva literatura crítica de un género literario particular, uno de los menos estudiados.

Existen, sobre todo, dos condiciones temporales en las cuales se da, por así decirlo, la escritura del texto: la primera es contemporánea a la duración del viaje, una suerte de diario completo de lo vivido, mientras que la segunda pertenece a la fase sucesiva de la memoria. Naturalmente, hay una condición intermedia que presupone los dos tiempos diferentes como duración necesaria para la culminación de la obra; el libro de apuntes y su reelaboración final. Estos no pueden determinar una discriminante estética, dado que la calidad del texto se verifica sólo a través de la profundidad de la escritura. Esto depende fundamentalmente del grado de penetración de la realidad y de la veracidad de las cosas.

Género bastardo que mezcla prosa literaria, ensayística y literaria, el diario de viaje obtiene justamente de esta condición liminar la libertad expresiva propia. Cierto, se trata de una escritura temática, pero tiene una amplísima posibilidad de elaboración de los elementos, sean de naturaleza cultural (en la descripción de un lugar, de una ciudad o de un museo hay también un extenso margen de invención) o bien autobiográficos. Si durante todo el siglo XVIII se privilegió la amplia y minuciosa descripción de obras de arte, palacios, iglesias, instituciones y costumbres locales, ya en el siguiente siglo abundan en muchos diarios justamente descripciones de paisajes y de estados de ánimo, de observaciones filosóficas, de arquitectura y de arte, aunque también de consideraciones personales como, por ejemplo, en La vida errante (1888-1889), de Guy de Maupassant:

Nada hace vagar más el espíritu y la imaginación que estar solos bajo el cielo y sobre el agua de noche. Me sentía sobreexcitado, tenso como si hubiera bebido vinos embriagantes, inhalado éter o si hubiera hecho el amor. Una leve brisa nocturna me bañaba la piel con un imperceptible velo; me corría sobre los miembros el placentero estremecimiento del aire, entraba en los pulmones, daba un sensación de beatitud al cuerpo y al espíritu en su inmovilidad.

¿Son más felices o infelices los que reciben sus sensaciones tanto de toda la superficie de su carne como de sus ojos, boca y orejas?

Durante toda la era romántica, sobre todo en Alemania e Inglaterra, donde aquel idioma fue más radical, existía la costumbre del viaje a pie que podía realizarse de una región a otra y durar algunos meses, nacido del encuentro de diversas sugestiones, una de las cuales es la pintura de paisajes, en la que se estaba materializando el espíritu romántico. El escritor inglés Robert Louis Stevenson viajó a pie en Inglaterra y Escocia y, en compañía de un asno (¡su Platero!), a la región francesa de Cevennes; recorridos que recogió en dos preciosos diarios. En nuestros días, el gran director alemán Werner Herzog, incurable romántico, emprendió un viaje a pie de Mónaco a París con un objetivo: ofrecer una copia de uno de sus filmes a un amiga que agonizaba, Lotte Eisner, destacada crítica cinematográfica. De esa experiencia, en cierta forma extrema, nació un hermosísimo diario con un título emblemático, Del caminar sobre el hielo (1980).

A finales de siglo, la decadencia de los imperios coloniales, extendidos más allá del Mediterráneo y el Atlántico, y al mismo tiempo el interés creciente hacia la existencia de lo "diverso", cuya exacta condición será establecida posteriormente por Claude Lévi-Strauss en el bellísimo ensayo-diario Tristes trópicos, supo generar la moda de lo exótico que, no obstante, en algunos casos produjo testimonios de notable profundidad, tanto en sentido literario como etnográfico.

Foto: Gisèle Freund
Henri Michaux, tras mundos lejanos

Nos referimos particularmente a obras como Les Immémoriaux (1956), de Victor Segalen, y Viaje al Congo (1927), de André Gide, que son, sin embargo, completamente fruto del siglo XX. En la primera obra, Segalen reflexiona sobre el desarraigo de la civilización del Pacífico oriental alternando páginas de fuerte inspiración etnológica con otras en las que habla fundamentalmente el poeta. Pero podemos agregar también Connaissance de l'Est (1905), de Paul Claudel, o Un bárbaro en Asia, de Henri Michaux, donde escribe: "Nunca, nunca el indio logrará suponer hasta qué punto pueda exasperar al europeo. El espectáculo de una muchedumbre de hindúes, el espectáculo de una aldea, incluso el hecho de atravesar una calle donde los indios están en la puerta de la casa, es irritante u odioso. Todos son rígidos, de cemento. Imposible habituarse. Siempre se espera que al día siguiente hayan sanado. Aquella contención, la más irritante de todas, de la respiración y del alma. Te miran con un dominio de sí, y sin que sea bien claro te dan la impresión de intervenir en algún punto dentro de sí mismos, como ustedes no podrían". La búsqueda febril de mundos lejanos donde establecer una relación más humana con gente diversa impulsa a los escritores europeos, en un continente cansado y mutilado por guerras y persecuciones raciales, hacia lugares "sin contaminar", de una inocencia primitiva, ajenos al proceso de industrialización occidental.

Se trata de una actitud de ilusión y fuga que, en cierto sentido, anticipa, aunque con diferencias culturales relativas, la formación del concepto de tercermundismo y como consecuencia directa el encuentro de las masas de jóvenes occidentales con las utopías latinoamericanas, hoy extraviadas, y los paraísos artificiales de Oriente.

Durante todo el curso del siglo que acaba de pasar se ha venido formando una división de funciones entre el escritor de diarios de viaje por así decirlo puro, animado sólo por el deseo de recrear un mundo desconocido por él mismo, y el periodista que con su reportaje ocupa las páginas de los periódicos, llegando a un público siempre mayor. Aunque se trate de enfoques diferentes, sobre todo vinculados con el tiempo de escritura y la complejidad de la elaboración (aquí hay un antagonismo entre lentitud y velocidad), ciertamente puede ocurrir que alguno de estos reportajes posean la virtud de unir la precisión del detalle y la síntesis del pensamiento, como se puede apreciar, entre otras obras, en el diario moraviano, ¿A qué tribu perteneces? (1972), del cual presentamos el siguiente fragmento:

Henos aquí nuevamente, en todo el medio de lo que más odio en Africa: el bosque. Mejor el desierto, que al menos está realmente muerto; mejor la sabana, que al menos está embriagada de monotonía. El bosque está vivo, pero de manera mediocre, como un interminable vivero de árboles que no llega a convertirse en selva; es la monotonía, aunque sin orden, amorfa y caótica. Pasamos revista, desesperadamente, a millones de árboles, y después, inesperada, he allí la recompensa: el bosque se despeja, cesa, nos encontramos en terreno abierto, sobre un suelo húmedo, entre hierbas verdes y brillantes. A poca distancia divisamos el amplio, majestuoso y solitario espejo de agua oscura e inmóvil de un gran río.

Foto: Gisèle Freund
André Gide, inclinado por lo diverso

Además, si confrontamos dos diarios de viaje de dos autores distintos, Alberto Moravia y Pier Paolo Pasolini, sobre el mismísimo lugar geográfico y en el mismísimo viaje a India, Un' idea dell'India (1962) y El olor de la India (1961), descubrimos que la diversidad del enfoque ante un tema tan complejo revela una vez más el signo de una libertad y variedad expresiva propias de este género literario. De todos los géneros, el diario de viaje es, salvo raras excepciones, el único que no es narrativo; sustituye el relato con la descripción. En la descripción de un lugar visitado, por ejemplo, interviene una pluralidad de elementos que constituyen la propia esencia del sitio.

En la sociedad de masas actual, a la imagen se le asigna la tarea de transmitir y santificar los lugares y de legitimar la explotación turística, donde por turista se entiende aquel que "parte para regresar", paradoja sobre la que funda su hipótesis de conocimiento, en lugar de la cual preferimos la resonancia íntima de la escritura que incorpora y transforma todas las imágenes del mundo en un juego vertiginoso de infinitas variaciones.

Traducción José Peralta

Maurizio Fantoni Minnella. Escritor italiano

 
N 6 Año VI
Caracas, sábado
10 de agosto
de 2002
 
 

Notas sobre
el diario
de viaje literario

Escritores
a la conquista
del mundo

(Maurizio Fantoni Minnella)

 
 

Reflexión
Polémica sobre Sloterdijk

Los fantasmas del pasado reciente
(José Rodríguez Iturbe)

 

Creación
Juan Gustavo Cobo Borda
huyó "hacia
la venganza justa de la poesía"
y dijo


"Acompaño
a morir
a Enrique Molina"

(poemas)

 
 

Anotaciones
Diálogo y comprensión: ¿hacia la reconciliación posible? (II)

El disentimiento como respeto
(Cristian Alvarez
)

 
 

Reseña

Michel Houellebecq en medio del mundo
(Atanasio Alegre
)

 
 

Apuntes
Woody Allen, Premio Príncipe de Asturias 2002

La judeidad sonreída
(Gustavo Arnstein
)