Andrés Mariño Palacio en "Los alegres desahuciados"

El autor en el espejo del texto

Andrés Mariño Palacio (1927-1966), precoz escritor venezolano, no escapó
a la crisis que pareciera afectar la vida del hombre moderno. Así, apunta
Rafael Castillo Zapata, este joven autor, cuya actividad literaria comprendió
sólo cuatro años (entre 1944 y 1948), pone en escena en su novela
Los alegres desahuciados la experiencia de un grupo de jóvenes
que se perciben a sí mismos "como sujetos hastiados, melancólicos…",
en un texto marcado fuertemente por huellas autobiográficas. Un juego
de espejos que le permite autorrepresentarse y sostener de este modo
"el perfil huidizo de un rostro que no logra
asumir su coherencia"


Andrés Mariño Palacio / Ensayos / Instituto Nacional de Cultura y Bellas artes, Caracas, 1967

Andrés Mariño Palacio elabora sus carencias anímicas en la ficción

Necesito un espejo que me devuelva la vida
Andrés Mariño Palacio

1. El naufragio contemporáneo y el sentimiento
apocalíptico de la modernidad

"El mundo moderno tardío, escribe Anthony Giddens, es apocalíptico" (Giddens, 1997; 10). La modernidad, a lo largo de todo su problemático despliegue, ha estado marcada sucesivamente por esos momentos cruciales en los que la crisis de las estructuras y los sistemas de comprensión y valoración de la realidad se tambalean con efectos traumáticos. Momentos en los que el individuo ve amenazadas su integridad subjetiva, su identidad y su supervivencia y, en consecuencia, tiene que desarrollar complejas y refinadas estrategias para salir del laberinto o soportarlo. Particularmente, los períodos y los estados de transición, individuales y colectivos, se han visto determinados por este sentimiento generalizado de una experiencia apocalíptica del mundo. Es por eso que nos parece legítimo situar el caso de Andrés Mariño Palacio (1927-1966), precoz escritor venezolano activo entre 1944 y 1948, en la dinámica de estas periódicas crisis que afectan la vida del hombre moderno. Su novela Los alegres desahuciados, escrita en 1947 y publicada el año siguiente en Caracas, pone en escena, precisamente, la experiencia conflictiva de un grupo de jóvenes que se perciben a sí mismos como alegres desahuciados de la vida, como sujetos hastiados, melancólicos, de indecisa identidad, rebeldes sin sentido claro de su rebeldía, en una sociedad envuelta por las contradicciones de una modernización periférica, como la venezolana de su tiempo, que recién comienza a consolidarse después de la caída del gomecismo y del fin de la Segunda Guerra Mundial. El sentimiento apocalíptico de la vida aflora aquí, además, desde la perspectiva de un adolescente que experimenta la necesaria crisis de su transición a la madurez: signado por la precocidad, Andrés Mariño Palacio, quien escribe sus libros entre los 17 y los 21 años, apura rápidamente el tiempo para acceder a una voz y a una mirada narrativas que, si por la urgencia no llegan a consolidarse como hubiera podido esperarse de su potencia imaginativa, apuntan hacia la reconstrucción arriesgada de la propia identidad en la ficción, por lo que su texto está marcado fuertemente por huellas autobiográficas, por la perentoria necesidad de construir un autorretrato que sostenga el perfil huidizo de un rostro que no logra asumir su coherencia. En tal sentido, los personajes de Los alegres desahuciados serían la emanación imaginaria del propio joven autor que se desdobla en múltiples facetas, esbozos de identidad fragmentaria que parecen querer confluir hacia una síntesis.

Como en pocos casos en la narrativa venezolana contemporánea, se podría decir de esta novela lo que Carmen Bustillo ha señalado a propósito de La traición de Rita Hayworth, de Puig, en la cual "la marca 'autobiográfica' […] se constituye en génesis de una escritura en su función de autoexplicación, donde personajes, ambientes y anécdotas […] se convierten en un desplazamiento del sujeto escritor para quien la ficción es una forma de búsqueda, un intento de comprender-se a través de una exploración narcisista […], el paso al acto mismo […] de construir-se un yo en la escritura" (Bustillo, 1997; 159).

Personajes en crisis, personajes en búsqueda de su propia identidad, minados por la indecisión y la disponibilidad de una adolescencia generalizada, afrontan en Los alegres desahuciados los conflictos de su autor. El, como Abigaíl y como Vivian, como Zoilo y como Lombardo, "temen algo terrible, fulminante como un rayo, que algún día los anonadará, los vencerá y humillará. Serán guiñapos, desperdicios humanos. Simples restos del naufragio contemporáneo. De esta sociedad vacilante y corrompida que ya balbucea sus últimas frases y quiere aún darse el lujo de recibir la extremaunción con una paradoja en los labios y una ironía en el corazón" (Mariño Palacio, 1948; 49-50).

2. La modernidad como reflexividad generalizada.
El desencanto moderno y la crisis de la representación

La posibilidad de asumir un yo se convierte para el individuo moderno, según Giddens, en un "proyecto reflejo" que consiste en "el mantenimiento de una crónica biográfica coherente" (Giddens, 1997; 13-14). A medida que aumenta la disponibilidad de los saberes, de las técnicas y de los placeres, la experiencia del sujeto exige de él mayor energía consciente, como ya lo señalaba tempranamente Georg Simmel en su famoso trabajo sobre la vida mental en las metrópolis modernas. Es decir, con el desarrollo extremo de las potencias de la modernización, los individuos están empujados a tomar conciencia de sí mismos con una intensidad equivalente a la fuerza desintegradora y disociativa que mueve el juego de las relaciones de poder, de producción, de valoración, de compromiso afectivo, característico de las sociedades desarrolladas. Frente a lo que Simmel concibió como una especie de sobresaturación de la sensibilidad, el sujeto debe reiniciar periódicamente procesos de reflexión para definir nuevamente su propia singularidad, su propia integridad subjetiva. Como lo señala el mismo Giddens, la reflexividad generalizada de la modernidad "alcanza al corazón del yo", "el yo alterado deberá ser explorado y construido como parte de un proceso reflejo para vincular el cambio personal con el cambio social" (Giddens, 1997; 49).

En Los alegres desahuciados, todos los personajes están en trance de asegurarse una identidad huidiza en un ambiente en el que parecen a punto de perderla. Una generalizada sensación de pérdida de la conciencia del propio cuerpo, de extravío de las señas particulares del propio rostro, de confusión de la definición sexual, alteran e inquietan constantemente la vida de estos individuos inseguros de su propia existencia: "¿Y si mi rostro ya no existe, si he perdido la memoria de aquél, de mi rostro hermoso y fascinante? ¿Si en este sueño lúgubre en que hace poco estuve sepultado ha perdido mi alma la facultad de dar expresiones al rostro fraternal y entrañable? ¿Qué haré, qué puedo hacer para encontrar mi rostro […]?" (Mariño Palacio, 1948; 33-34). Esta dificultad para el reconocimiento de sí mismo apunta directamente a una de las claves simbólicas de la novela: la recurrencia de los espejos y la compulsión de los personajes a verse reflejados continuamente, no sólo en la superficie reflectante de esos objetos, sino entre ellos mismos, en un juego de reflexiones múltiples donde el autor está constantemente involucrado: proyecciones y difracciones que contribuyen a acentuar la general confusión de identidades que los envuelve.

3. La multiplicación panorámica de la identidad.
El relato como autorretrato

El tema del espejo y de lo especular es, pues, recurrente. Los personajes están constantemente obsesionados por su propio reflejo, por capturar su imagen y apropiársela en un juego de intercambios en los que las identidades se multiplican y se confunden: "Necesito ver mi cuerpo, sentir que tengo ojos, y negra cabellera, y nariz rectilínea. Necesito un espejo que me devuelva la vida" (Mariño Palacio, 1948; 31-32). Pero lo reflexivo no sólo se circunscribe a este aspecto; los personajes mismos entre sí son espejos de los otros, emanaciones, proyecciones, refracciones de una imagen que se dispersa de manera calidoscópica con la intención de alcanzar una cierta síntesis. De este modo, a la metáfora recurrente de los espejos, se agrega en la novela otro motivo fundamental: el autorretrato. El dibujo que uno de los personajes, Abigaíl, en un momento dado de la aventura, esboza en un bar caraqueño al que suele acudir con frecuencia la pandilla de amigos, muestra el perfil de un hombre que, a lo largo de la velada, se va transformando y trasvistiendo, hasta adquirir diversas configuraciones en donde lo masculino y lo femenino se confunden, se solapan. El autorretrato que Abigaíl está tratando de fijar sobre el papel va adoptando, de un modo proteico, las identidades de todo el grupo que constituyen estos alegres desahuciados. Al final la confusión de los rasgos pone en duda la distinción sexual: los personajes masculinos de la novela y, en especial, Lombardo, están fuertemente feminizados, aspecto que se acentúa por la equívoca nomenclatura de sus nombres (Abigaíl, Vivian); las mujeres, por su parte, juegan un papel más bien de contraste, con cierta carga de virilidad dominante.

Pero una de las formas más interesantes de reflexividad que se presenta en el juego de espejos y especulaciones que constituye la novela es, sin duda, la representación del propio escritor dentro de la aventura: "Aseguro que la otra luna de Lombardo es aquel adolescente con actitud de viejo verde que está sentado en la mesa de enfrente. ¿No lo conocen? ¿Cómo es posible? Se trata nada menos que del genial Andrés Mariño: ha convertido su adolescencia en mito y su mito en adolescencia… Pero es un miserable, un cancerbero azul… […]. Su tragedia consiste, simplemente, en que trata de actuar como Dorian Gray y escribir como Raskolnikov… ¡Detestable menú! ¿No les parece?" (Mariño Palacio, 1948; 62).

Esta intervención de Lombardo, que introduce al escritor en el espacio de la ficción, permite corroborar la sospecha de que Lombardo es la configuración sintética de la proyección del autor en el texto a través de la difracción de los otros personajes, reflejos diversos de sí mismo, manifestaciones de una personalidad multiplicada, confusa, de alguna manera perturbada.

Sabemos que Mariño Palacio escribió estas páginas cuando apenas contaba veinte años: la adolescencia como ideal y como experiencia traumática le corresponde a él mismo tanto como a sus personajes. De alguna manera, entonces, la novela ha servido de campo de maniobras para exponerse a sí mismo en un intento de construirse la propia identidad: a través de las estrategias retóricas de la ficción narrativa, el autor Andrés Mariño Palacio, el joven precoz que se concibe a sí mismo como un Dorian Gray, obsesionado por la juventud y por la amenaza de la vejez, y que, al mismo tiempo, se asume como un escritor ya maduro, capaz de dialogar con sus modelos ideales (Huxley, Gide, Dostoievski, Mallea, Mann) en igualdad de condiciones; el "asediado por la angustia" que cae en la locura un día trágico de 1948, a los veintiún años; elabora sus propias carencias anímicas, existenciales, con ese trabajo de la imaginación que encuentra en los espejos, y en los textos especulares -en la especulación-, una posibilidad de transformarse a sí mismo en sujeto, dotándose fantasmáticamente de una identidad. La literatura, con sus disponibilidades para la autorrepresentación y la autorreflexividad, le proveyó de las herramientas para constituirse a sí mismo en la piel de sus personajes; una peculiar tecnología del yo que le permitió, en esos escasos cuatro años productivos, actuar sobre sí mismo con cierta coherencia, posponiendo la cita fatal con la demencia.

Como él mismo lo dice en el capítulo final de la novela -y éste es, sin duda, el más apropiado cierre para una aventura autorreflexiva como la de Los alegres desahuciados-, ha apostado "lo más entrañable de mi sentimiento y de mi pasión de hombre y de artista" (Mariño Palacio, 1948; 111) en esa búsqueda desesperada por sostener una identidad del propio yo en medio de una vida que ha debido de ser, necesaria y especialmente, adversa y hostil. Tanto que, fracasando finalmente en el combate contra "la renuncia simbólica que lo envuelve", como el melancólico que sucumbe tarde o temprano al "vacío del objeto perdido" (Kristeva, 1997; 14), desemboca directamente en la locura: como si toda su coherencia y toda su capacidad de supervivencia convencional entre los hombres se hubiera agotado con sus personajes, con las personae que ocultaron y reivindicaron a la vez su mal en el espacio propiciatorio del texto.

Referencias
-Bustillo, Carmen (1997): La aventura metaficcional, Caracas, Equinoccio.
-Giddens, Anthony (1997): Modernidad e identidad del yo. El yo y la sociedad
en la época contemporánea
, Barcelona, Península.
-Kristeva, Julia (1997): Sol negro. Depresión y melancolía, Caracas, Monte Avila Editores.
-Mariño Palacio, Andrés (1948): Los alegres desahuciados, Caracas, Ediciones Contrapunto
.

Rafael Castillo Zapata. Ensayista y poeta

 
N 19 Año VI
Caracas, sábado
09 de noviembre
de 2002
 
 

Andrés Mariño Palacio
en "Los alegres desahuciados"

El autor en el espejo del texto
(Rafael Castillo Zapata)

 
 

ENTREVISTA
André Glucksmann advierte sobre nuevo fenómeno nihilista

"El mundo está
en un doloroso proceso"

(Doménico Chiappe)

 

CRONICA

Una ciudad nostálgica
(Gustavo Valle)