Como una "renovación"
en su tiempo, califica
Harold Alvarado Tenorio la "gigantesca obra literaria" de Simón
Bolívar, representada en discursos, proclamas y cartas, que muestra
un temperamento de artista, su voluntad de estilo. He allí, entre
otros, los textos críticos (dos cartas) del Libertador que responden
al canto La victoria de Junín del político y poeta ecuatoriano
José Joaquín Olmedo: "Vd. debió haber borrado
muchos versos que yo encuentro prosaicos y vulgares: o yo no tengo oído
musical o son renglones oratorios"
Pietro Tenerani Busto en mármol de Simón Bolívar,
1831
La inmensa obra guerrera y política de Simón Bolívar
(Caracas, 1783-1830) no tendría la misma significación de
haber desaparecido su no menos gigantesca obra literaria, representada
en los discursos, proclamas y cartas, que Vicente Lecuna recopiló
a través de veinte años.
Pocas veces redactados
por su propia mano, asombra sin embargo cómo, en medio de las batallas,
en el destierro, entre las hostilidades de los varios climas o la navegación
por mares y ríos, nunca descuidara en la composición de
sus escritos. Se trata, aquí también, de productos nacidos
en una mente excepcional, de un pensador y orador de primer orden en su
tiempo. Si se compara su estilo con los de Belgrano, Bello, Bretón
de los Herreros, Caldas, Estébanez Calderón, Feijoo, Fernández
de Lizardi, Jovellanos, Lafinur, Larra, Mesonero Romanos, Mexía,
Miranda, Moreno, Nariño, O´Higgins, Rodríguez
o San Martín, cabe hablar de una renovación literaria
bolivariana.
Mientras en algunos
de sus contemporáneos domina el tono neoclásico y en otros,
la anacronía, en el Libertador hay desde sus inicios un temperamento
de artista y una voluntad de estilo nuevos, regidos por su alma extraordinaria,
para expresar ideas y actitudes revolucionarias con un lenguaje fulgurante
de frases cortas y apasionadas, con adjetivos, imágenes y tropos
espontáneos que inflaman o enfrían el tono de acuerdo a
las necesidades.
Sus cartas, el más
vasto mural de sucesos y personajes de veinte años de acción
y reflexión sobre el destino de América, tocan las melodías
de los afectos, del odio a la amistad, de la tristeza a la resignación.
Como crítico
literario dejó dos de ellas, escritas en Cuzco en 1825, sobre el
canto La victoria de Junín (1824) de José Joaquín
Olmedo (Guayaquil, 1780-1845), que inauguran la crítica moderna.
Olmedo escribió
pocos poemas de valor, pero la figura del Libertador y la poca calidad
de los poemas dedicados al héroe le han permitido figurar en antologías
y programas escolares. Tuvo mayor entusiasmo por la política. Fue
diputado en las Cortes de Cádiz, Triunviro, Ministro plenipotenciario
en Londres y París, primer vicepresidente del Ecuador, candidato
a la presidencia, etcétera, y puso luego su estro al servicio de
la gloria del general Juan José Flórez, primero de los presidentes
del Ecuador independiente de Gran Colombia, proclamación que él
mismo hizo el 13 de mayo de 1830, siete meses antes de la muerte del Libertador.
A
fin de complacer al Libertador, a quien se había opuesto hasta
entonces como Triunviro de Guayaquil, que le recomendó dedicar
algún poema a los últimos triunfos de los patriotas, exigiéndole
que su nombre no apareciese, compuso Olmedo el Canto a Junín.
La batalla, que duró cuarenta y cinco minutos y donde no se disparó
un solo tiro, enfrentó las Caballerías de Gran Colombia,
Perú y Argentina, comandadas por el Libertador en persona, y la
Caballería española, comandada por el francés general
Canterac, tuvo como héroe al bisabuelo materno de Borges,
teniente coronel Manuel Isidoro Suárez, comandante del escuadrón
Húsares del Perú.
A pocos días de recibir el texto inédito, con dos cartas
más, el Libertador responde a Olmedo el 27 de junio. "Las
cartas son de un político y un poeta; pero el poema es de un Apolo".
La sordina del Libertador, indicando al autor su apego a los modelos menos
que al asunto, vicio propio de quien desea asombrar sin preocuparse de
los aciertos, continua de este tenor:
Todos los calores de la zona tórrida, todos los fuegos de Junín
y Ayacucho, todos los rayos del Padre de Manco Cápac, no han producido
jamás una inflamación más intensa en la mente de
un mortal. Usted dispara donde no se ha disparado un tiro; usted abraza
la tierra con las ascuas del eje y de las ruedas de un carro de Aquiles,
que no rodó jamás en Junín; usted se hace dueño
de todos los personajes: de mí forma un Júpiter; de Córdoba,
un Aquiles; de Necochea, un Patroclo y un Ayax; de Miller, un Diomedes;
y de Lara, un Ulises. Todos tenemos nuestra sombra divina y heroica, que
nos cubre con sus alas de protección como ángeles guardianes.
Usted nos hace a su modo poético y fantástico, y, para continuar
en el país de la poesía la ficción de la fábula,
usted nos eleva con su deidad mentirosa, como el águila de Júpiter
levantó a los cielos a la tortuga para dejarla caer sobre una roca
que le rompiese sus miembros rastreros; usted, pues, nos ha sublimado
tanto que nos ha precipitado al abismo de la nada, cubriendo con una inmensidad
de luces el pálido resplandor de nuestras opacas virtudes. Así, amigo mío, usted nos ha pulverizado con los rayos
de su Júpiter, con la espada de su Marte, con el cetro de su Agamenón,
con la lanza de su Aquiles y con la sabiduría de su Ulises.
Si yo no fuese tan bueno, y usted no fuese tan poeta, me avanzaría
a creer que usted había querido hacer una parodia de la Ilíada
con los héroes de nuestra pobre farsa. Mas no; no lo creo. Usted
es poeta, y sabe bien, tanto como Bonaparte, que de lo heroico a lo ridículo
no hay más que un paso, y que Manolo y el Cid son hermanos, aunque
hijos de distintos padres.
Un americano leerá el poema de usted como un canto de Homero,
y un español lo leerá como un canto del facistol de Boileau.
Según Olmedo (carta a Bolívar de mayo 15 de
1825), su propósito era hacer que la musa del canto recorriera
los campos de batalla y acompañando a los combatientes triunfantes,
describiera la derrota del enemigo. Un segundo canto debía ampliar,
luego de las reseñas que hizo el Libertador, el poema: una suerte
de contraste a las escenas de guerra y violencia, con evocaciones de los
tiempos de paz, visiones eufóricas del campo y sus gentes, labores,
juegos, danzas y cantares, agregando un nuevo vaticinio. Pero ya había
perdido el impulso político que le llevó a la redacción
de las versiones originales, y su relación con el Libertador se
había enfriado.
Las versiones del poema que conocemos están fechadas en 1825 y
1826. Los modelos que usó fueron Horacio, Virgilio, Píndaro,
Homero, Lucrecio y Herrera. Como Quintana, Olmedo imitó
en los poetas clásicos lo que las traducciones o las lecturas en
lenguas muertas ofrecen: un arquetipo. De ellos toma las divagaciones,
el plan, la división en estrofas, antistrofas y épodos.
Fórmulas de difícil conciliación con las ideas modernas
que de alguna manera reposaban en la mente del ecuatoriano, que pudo ser
todo, menos helenista, estado inalcanzable. Para el Libertador, como para
cualquier lector avisado, tantas liras sonorosas, hondos valles, negros
avernos, inflamadas esferas, truenos horrendos, águilas caudales,
corceles impetuosos, alazanes fogosos y mares undosos ahogaban la
historia y las incoherentes propuestas ideológicas del canto. A
ello hace referencia en su segunda carta a Olmedo, del 12 de julio,
respondiendo a sus justificaciones.
El Libertador recurre en esta carta a los conocimientos literarios de
Simón Rodríguez, que le acompañaba entonces,
seguro inspirador de la respuesta a Olmedo y de algunos de los
decretos que expidió en Cuzco sobre la enseñanza, los derechos
y la repartición de tierras entre los indígenas, el socorro
y educación de los huérfanos, el censo agrícola,
la exploración geográfica y mineralógica de Bolivia
o la preservación de las aguas y conservación de bosques.
He oído que un tal Horacio escribió a los
Pisones una carta muy severa, en que castigaba con dureza las composiciones
métricas; y su imitador, N. Boileau, me ha enseñado
unos cuantos preceptos para que un hombre sin medida pueda dividir y tronchar
a cualquiera que hable muy mesuradamente en tono melodioso y rítmico.
[...]
Más que a Horacio
el Libertador sigue a su imitador Boileau, cuya Arte Poética
(1674), gozó de enorme popularidad entre los educadores, pedantes
y dogmáticos franceses. Boileau fue un procurador que considera
la poesía un arte de la razón y el buen sentido, exigiendo
arquetipos universalizantes que relegaran a un lugar secundario toda característica
nacional y de época a los héroes poéticos. Cortar
las alas de la fantasía fue otra de sus consignas.
La médula de la crítica al poema de Olmedo reside
en ese criterio. El poeta no debe dejar volar la fantasía cuando
la realidad que se canta ha sido otra. Las opiniones del Libertador habrían
resultado equivocadas de haber Olmedo sido un gran poeta. Por querer
el ecuatoriano opacar la gloria del Libertador, se inventó una
máquina fantástica que surge desde el cielo para servir
de muñeco de ventrílocuo a las pobres ideas y envidias del
Olmedo político. Y el Libertador entonces le da unos cuantos
palos: ha debido guardar, como Virgilio, el poema por nueve años;
hay desproporción en las partes, prolijidad y pesadez en el canto
de los sucesos, el interés se desvía hacia un personaje
secundario.
Vd. debió haber borrado muchos versos que y encuentro
prosaicos y vulgares: o yo no tengo oído musical o son renglones
oratorios. [...]
Perfil
de Bolívar en el Papel Periódico Ilustrado
de Bogotá/ Roulin
Después de esto, Vd. debió haber dejado este canto reposar
como el vino en fermentación para encontrarlo frío, gustarlo
y apreciarlo. La precipitación es un gran delito en un poeta. Racine
gastaba dos años en hacer menos versos que Vd., y por eso es el
más puro versificador de los tiempos modernos. El plan del poema,
aunque en realidad es bueno, tiene un defecto capital en su diseño.
Lo cierto es que desde el título del Canto a Junín,
una serie de equivocaciones en la composición de este tipo de poemas
dan razón al Libertador, así se apuntale en las ideas de
Horacio y Boileau. Según Horacio, en la poesía,
como en la pintura, debía haber unidad y simplicidad; el poeta
tenía que elegir temas adecuados a sus capacidades; las cosas deben
decirse oportunas en el momento oportuno; Homero demostró
que al tratar de reyes y guerras, los tonos elegíacos, cómico
y trágico debían permanecer separados; la elección
de un personaje real o inventado se correspondería con sus acciones
y palabras; la fuente y manantial del buen escribir es la sabiduría,
etcétera.
Vd. ha trazado un cuadro muy pequeño para colocar dentro un
coloso que ocupa todo el ámbito y cubre con su sombra a los demás
personajes. El Inca Huaina-Cápac parece que es el asunto del poema;
él es el genio, él la sabiduría, él es el
héroe, en fin. Por otra parte, no parece propio que alabe indirectamente
a la religión que lo destruyó; y menos parece propio aún
que no quiera el restablecimiento de su trono por dar preferencia a extranjeros
intrusos, que aunque vengadores de su sangre, siempre son descendientes
de los que aniquilaron su imperio: este desprendimiento no se lo pasa
a Vd. nadie. La naturaleza debe presidir a todas las reglas, y esto no
está en la naturaleza. También me permitirá Vd. que
le observe que este genio Inca, que debía ser más leve que
el éter, pues que viene del cielo, se muestra un poco hablador
y embrollón, lo que no le han perdonado los poetas al buen Enrique
en su arenga a la reina Isabel, y ya Vd. sabe que Voltaire
tenía sus títulos a la indulgencia, y, sin embargo, no escapó
de la crítica.
La introducción del canto es rimbombante: es el rayo de Júpiter
que parte a la tierra a atronar a los Andes que deben sufrir la sin igual
fazaña de Junín. Aquí de un precepto de Boileau,
que alaba la modestia con que empieza Homero su divina Ilíada;
promete poco y da mucho. Los valles y las sierras proclaman a la tierra:
el sonsonete no es lindo; y los soldados proclaman al general, pues que
los valles y la sierra son los muy humildes servidores de la tierra. [...]
Siendo el asunto "real" del poema la libertad del Perú,
decidida en Ayacucho, donde no estuvo el Libertador, pero anunciada en
Junín, Olmedo, con la ayuda del delirio de Huaina-Cápac
diluye tanto las supuestas acciones extraordinarias de las batallas como
la gloria del Libertador. Para el lector de su tiempo era imposible crear
unidad de lugar con un personaje histórico que sólo había
estado en uno de los lugares, en batallas que se habían realizado
a seis meses de distancia una de otra, en parajes distintos y al mando
de diferentes generales. La aparición del Inca, como bien anota
el Libertador, no puede ser tomada en serio, máxime si este considera
a los Criollos en lucha contra el Peninsular, vengadores de los conquistados,
a quienes en ese momento, ignoraban. Los Incas no triunfaron en Junín
ni en Ayacucho. De allí de nuevo la sorna del Libertador al recomendar
a Olmedo enterarse de cómo Milton y Pope habían
compuesto sus obras basados en el conocimiento de Homero, Horacio
y Virgilio:
La torre de San Pablo será el Pindo de Vd. y el caudaloso Támesis
se convertirá en Helicona: allí encontrará Vd. su
canto de esplín, y consultando la sombra de Milton
hará una bella aplicación de sus diablos a nosotros. Con
las sombras de otros muchos ínclitos poetas, Vd. se hallará
mejor inspirado que por el Inca, que, a la verdad, no sabría cantar
más que yaravís. Pope, el poeta del culto
de Vd., le dará algunas lecciones para que corrija ciertas caídas
de que no pudo escaparse ni el mismo Homero. Vd. me perdonará
que me meta tras de Horacio para dar mis oráculos:
este criticón se me indignaba de que durmiese el autor de la Ilíada,
y Vd. sabe muy bien que Virgilio estaba arrepentido de haber
hecho una hija tan divina como la Eneida después
de nueve a diez años de estarla engendrando; así, amigo
mío, lima y más lima para pulir las obras de los hombres.
[ ]
Al final reconoce el esfuerzo del guayaquileño para versificar,
arrebatado tanto por las musas, que confunde, como buen romántico
en abuso de "neoclasicismo" y carente de sabiduría, los
actos de Sucre con los de Aquiles, los gestos del Libertador con los de
Turno y Eneas, y el elogio al soldado La Mar con el que hizo Homero
al civil Mentor, -viejo amigo, protector, maestro y guía de Telémaco-,
ahondando, así, en las críticas que había hecho el
27 de junio:
Confieso a Vd. humildemente que la versificación de su poema
me parece sublime: un genio lo arrebató a Vd. a los cielos. Vd.
conserva en la mayor parte del canto un calor vivificante y continuo;
algunas de las inspiraciones son originales; los pensamientos nobles y
hermosos; el rayo que el héroe de Vd. presta Sucre es superior
a la cesión de las armas que hizo Aquiles a Patroclo. La esfrofa
130 es bellísima: oigo rodar los torbellinos y veo arder los ejes:
aquello es griego, homérico. En la presentación de Bolívar
en Junín se ve, aunque de perfil, el momento antes de acometerse
Turno y Eneas. La parte que Vd. da a Sucre es guerrera y grande. Y cuando
habla de La Mar, me acuerdo de Homero cantando a su amigo
Mentor: aunque los caracteres son diferentes, el caso es semejante; y,
por otra parte, ¿no será La Mar un Mentor guerrero? [...]
"Una parodia de la Ilíada con los héroes de
nuestra pobre farsa.." es hoy el poema de Olmedo. Todo en
él está envejecido, su retórica era ya caduca en
su tiempo, y sus alegorías, símbolos ilegibles del ayer.
Harold Alvarado Tenorio. Ensayista
y poeta colombiano
N
26 Año VI
Caracas, sábado
28 de diciembre
de 2002