"Beckmann fue enfermero durante la
guerra y las impresiones de los lesionados, los muertos y los mutilados,
queda en sus dibujos, de concisa línea y poco recurso escenográfico"
Max Beckmann, autorretrato, 1922
La primera reflexión que estimula
la retrospectiva de Max Beckmann en el Centro Pompidou de París
es que se impone la reescritura de la historia del arte en su concepto
moderno y occidental. La visión parisina ha resultado excesivamente
estrecha, excluyente y definitivamente ignorante de lo que son los amplísimos
procesos culturales de diversos pueblos y personalidades. En el caso de
un pintor como Beckmann (1884-1950), se le sancionaría,
en primer lugar, por ser alemán (aunque tuvo que huir de la pesadilla
nazi); luego se encuentra cierto desdén por la particularidad de
su obra, que se despacha como un expresionista más, de composiciones
"exageradas" y caricaturescas. Aunque comparte un tiempo y un
clima con maestros como Kokoschka, Dix y Grosz, estos
creadores desde el pesimismo de una época, con su repertorio de
personajes horribles y escenas terribles, se verán opacados en
una historia del arte que los dejó sistemáticamente a un
lado, minimizados y mal interpretados, debido a su definición social.
A pesar de esta última afirmación, tales no son pintores
de obra ligera, todo lo contrario, y para concentrarnos en el caso de
Beckmann, el balance de su retrospectiva revela el potencial, la
coherencia, la particularidad, la diversidad expresiva de su obra, en
la que hallamos no pocas piezas maestras.
La museografía del Pompidou es magistral, pues combina el recurso
fílmico, sobre documentos de entonces procesados por Piero Steinle
y Julian Rosenfeldt (2002) y una panelería que evoca lo
laberíntico citadino y lo deconstructivo (planos de paredes; volúmenes
de paredes). Asimismo hay gabinetes de dibujo para obras pequeñas
sobre papel y a media luz.
Así, la entrada a la exposición se hace a través
de la enorme proyección de un campo de batalla, a modo de una película
endeble, como para aludir lo frágil y resistente a la vez de la
memoria. Allí vemos avanzar los soldados y el estallido de las
bombas. La imagen atormenta y a medida que se dirige el espectador a la
primera sala, queda por fondo, muy sutil pero insistente, el sonido de
las balas y las bombas. Entonces tenemos sus dibujos de 1914 y 1915, los
cuales muestran soldados heridos. Beckmann fue enfermero durante
la guerra y las impresiones de los lesionados, los muertos y los mutilados,
queda en sus dibujos, de concisa línea y poco recurso escenográfico.
Todos esos lacerados van a poblar su obra en lo sucesivo. Pasado el conflicto,
la calle alemana de este artista está llena de hombres que estuvieron
en la guerra y muestran sus huellas, sus desgarramientos. Los otros sujetos
de su escenario son desempleados, militares, politiqueros, caminadoras
y perros, todos como tragedia de la posguerra y la entreguerra.
En 1917 Beckmann pinta un Cristo descendiendo de la cruz cuyo modelo
parece un Quijote: es una figura esquelética y gigantesca que tiene
al fondo un sol rojo. Asimismo hay un cuadro que es un autorretrato, donde
está al lado de una ventana y a la distancia se reconoce la aguja
de una iglesia. El rostro del pintor es muy expresivo, angustiado. Tal
el ambiente social del período.
En los años veinte aparece el paisaje en su obra. Hay cierta reconciliación
con el entorno debido a su luz, color y aspectos de la ciudad. El paisaje,
el retrato y el autorretrato serán los ejes temáticos del
artista. Dos pescadores apacibles están ante el río y el
fondo es la ciudad industrial en la que se distingue una sinagoga. En
primer término hay un gato y entre los datos industriales y el
simbolismo del gato, hace sus citas indirectas a la pintura de Léger
o Chagall.
La sociedad berlinesa de los años veinte también es captada
por medio del mundo del cabaret y de la juerga. "Strip-tease"
es una litografía de 1922 en la que un público burgués
comparte la miseria del espectáculo con la clase obrera. En otras
planchas abundan los mendigos, los mutilados, los rufianes y los desempleados.
Los ángulos de la composición son vertiginosos. El tumulto
humano es insistente y de bajo fondo. Entonces Beckmann escribía
que sólo "es en una combinación de sonambulismo y terrible
lucidez de la conciencia, que todavía se puede vivir". Prosigue
la exposición con sus arlequines y músicos, todos con rostros
tristes. El mismo se representa en payaso, en 1921.
En los retratos que siguen hay una economía de medios y un rigor
expresivo que hace que su obra expresionista sea sumamente personal. Hay
cierta geometría compositiva. Hay siempre un color sórdido.
Las modelos son hermosas y secas, distantes en lo emotivo. Los planos
son estrictamente definidos, como en "retrato de Quappi" de
1926. El mismo se toma recio. Sus autorretratos son una y otra vez magistrales.
Entonces, en aquel año de 1926 pinta en París, "Notre
Dame", reduciendo su paleta al blanco y negro. Igual en su autorretrato
con esmoquin, de 1927, de una sobriedad conmovedora. Pronto revienta de
nuevo la guerra. El artista está en Estados Unidos. Un tríptico
celebra ese país por medio de las artes, la música y las
musas. Max Beckmann recurrirá a figuras que evocan lo griego,
lo eterno, la belleza de un cuerpo desnudo, de la modelo ante el pintor.
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Juan Carlos Palenzuela. Historiador y crítico
de Arte
N
26 Año VI
Caracas, sábado
28 de diciembre
de 2002